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El presente y futuro de la computación cuántica

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El presente y futuro de la computación cuántica

Arrancamos 2026 con la sensación de haber presenciado algo importante. No es casualidad que la UNESCO declarase 2025 como el Año Internacional de la Ciencia y Tecnología Cuántica: ha sido un año de hitos que, hace apenas una década, parecían lejanos.

La computación cuántica no es solo un paso más en la miniaturización de los chips o en el aumento de la velocidad de procesamiento; representa un salto conceptual hacia un nuevo paradigma. Y 2025 ha sido el año en que este campo ha dado señales claras de madurez.

En el post de hoy, repasamos los avances más destacados del último año, exploramos los desafíos que aún quedan por resolver y reflexionamos sobre el verdadero potencial de los ordenadores cuánticos.

El presente y futuro de la computación cuántica

Avances recientes y logros de 2025.

Si hay un hilo conductor en los logros de 2025, es la corrección de errores cuántica. Durante décadas, este ha sido el gran obstáculo: los qubits son extremadamente frágiles y cualquier interacción con su entorno destruye la información. Este año, hemos visto demostraciones convincentes de que este problema tiene solución.

  • Microsoft, tras años de apuesta arriesgada por una vía alternativa a sus competidores, inició la estampida presentando Majorana 1 en febrero: el primer procesador basado en qubits topológicos. Este enfoque, que utiliza un nuevo estado de la materia llamado topoconductor, promete qubits con protección inherente contra el ruido. Aunque la comunidad científica aún debate los resultados, Microsoft ha trazado una hoja de ruta ambiciosa hacia el millón de qubits.
  • IBM no se quedó atrás. En noviembre presentó Nighthawk, con 120 qubits y una arquitectura diseñada específicamente para alcanzar ventaja cuántica comercial a finales de 2026. Su estrategia combina mejoras de hardware con un ecosistema de software cada vez más maduro.
  • En octubre de 2025 Google daba un golpe sobre la mesa, anunciando su algoritmo Quantum Echoes, resolviendo un problema 13.000 veces más rápido que el mejor supercomputador clásico. Es el primer caso de una demostración de ventaja cuántica verificable.
  • En Asia, Fujitsu y RIKEN anunciaron un sistema de 256 qubits superconductores, cuatro veces más que su versión anterior, con planes de alcanzar los 1.000 qubits en 2026.
  • En el ámbito nacional, el Barcelona Supercomputing Center consolidó su posición en el mapa cuántico europeo. Ahora cuenta con dos sistemas complementarios integrados en MareNostrum 5: un ordenador cuántico digital bajo la iniciativa Quantum Spain, y MareNostrum-Ona, con una tecnología de qubit más madura, pero algo más vulnerable a la decoherencia.

Estos avances, con enfoques tan distintos, ponen de manifiesto una realidad clave: todavía no hay consenso sobre cuál será la tecnología dominante. Esto nos lleva directamente a analizar la pieza central de esta diversidad: el propio qubit.

El presente y futuro de la computación cuántica

El desafío de la diversidad del qubit

A diferencia del bit clásico que representa un 0 o un 1, el qubit aprovecha la mecánica cuántica para existir en una superposición de varios estados, permitiendo explorar un espacio de información mucho mayor. Ya discutimos las diferencias conceptuales entre computación clásica y cuántica en un blog anterior, pero ahora nos centraremos en el abanico de posibilidades de diseño del qubit.

El gran desafío es que mantener esa delicada superposición entre estados es extremadamente difícil. Los qubits son increíblemente frágiles y cualquier interacción no deseada con su entorno puede destruir la información. Esta fragilidad inherente es la principal razón por la que, a día de hoy, no hay un consenso claro sobre cuál es la «mejor» tecnología física para construir qubits fiables y escalables.

Existen muchas vías prometedoras como los qubits basados en superconductores, iones atrapados, qubits fotónicos, átomos neutros o puntos cuánticos, entre otros. Las diferencias entre ellos se basan en cuál es el fenómeno físico que rige el qubit, lo que cambia cómo se codifica y cómo se mide la información almacenada en él.

Podríamos decir que estamos en una fase similar a cuando la computación clásica, a finales de la década de los 50, hizo la transición de válvulas de vacío al transistor. Aún estamos buscando cuál será el «transistor cuántico» dominante, pero la carrera por encontrar la plataforma ideal que combine robustez, escalabilidad y rendimiento sigue abierta.

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¿Para qué sirve (y para qué no) un ordenador cuántico?

Hemos visto que construir ordenadores cuánticos es un desafío enorme y que existen múltiples tecnologías compitiendo. Pero, ¿para qué tanto esfuerzo? Un ordenador cuántico es una herramienta con un potencial revolucionario que promete desbloquear problemas que a día de hoy son irresolubles. Estas máquinas encuentran su ajuste natural en tareas intrínsecamente cuánticas. La más evidente es simular otros sistemas cuánticos, como el comportamiento exacto de moléculas complejas o las propiedades de nuevos materiales. Esto ofrece una vía sin precedentes para la química computacional, la ciencia de materiales y el descubrimiento de fármacos.

Los ordenadores clásicos deben aproximar estas interacciones mediante simulación numérica de las ecuaciones físicas implicadas. En estos sistemas, aumentan su complejidad exponencialmente cuando se incrementa el número de interacciones entre partículas. Esto hace que estas simulaciones sean factibles para sistemas pequeños, pero se vuelven computacionalmente inviables al incrementar su tamaño. La ventaja que ofrece un ordenador cuántico es que, al ser un sistema cuántico, no requiere simular estas ecuaciones, sino que, al regirse por las mismas leyes físicas que se quieren estudiar, representa esta complejidad de forma natural sin el coste adicional que sufrimos en la computación clásica.

Este potencial se extiende a otras áreas donde la complejidad supera las capacidades clásicas como en criptografía (el famoso algoritmo de Shor) o problemas de logística donde los espacios de exploración también son inabarcables para un sistema clásico sin realizar aproximaciones.

Ahora bien, tan importante es entender para qué sirven como para qué no sirven. A pesar de su potencial en áreas como la simulación o la optimización, los ordenadores cuánticos no están diseñados para superar a los clásicos en la gran mayoría de las tareas computacionales. Su arquitectura y principios operativos son fundamentalmente diferentes y no se adaptan bien a la lógica booleana y el procesamiento de datos estructurados que manejan nuestros dispositivos actuales. Cuando se habla de supremacía o ventaja cuántica, esto indica que un sistema cuántico ha conseguido vencer a la implementación clásica de un problema concreto.

No obstante, no es esperable que se logre una supremacía cuántica en todas las áreas. La computación cuántica es una herramienta de nicho, y aunque ese nicho tenga el potencial de ser revolucionario en campos específicos, seguirás necesitando un ordenador o servidor clásico para casi todo.

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Conclusiones

Nos encontramos en un momento histórico comparable a los albores de la revolución digital. La computación cuántica representa, más que una evolución, una reinvención de las posibilidades computacionales. La carrera por la tecnología que se asentará como qubit dominante continúa abierta, y cada avance nos acerca a un horizonte donde problemas hoy irresolubles podrían encontrar respuesta.

¿Qué esperar de 2026? Si las hojas de ruta se cumplen, veremos los primeros sistemas con ventaja cuántica en aplicaciones comerciales reales, más allá de los benchmarks de laboratorio. IBM apunta a finales de año; Google y Microsoft siguen avanzando en sus respectivos caminos. Europa, con iniciativas como la del BSC, trabaja para no quedarse atrás.

Sin embargo, el futuro no será exclusivamente cuántico ni clásico, sino una simbiosis donde cada tecnología aporte lo que mejor sabe hacer. Y ese futuro, por primera vez, empieza a verse cerca.

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